Por Aneudy Ramirez N

Hay fechas que no se borran. Se quedan clavadas en la memoria colectiva como una herida abierta, como una madrugada que nunca termina. El 8 de abril de 2025, República Dominicana no solo despertó con la noticia del colapso del Jet Set; despertó rota.

Un año después, este 8 de abril de 2026, el dolor sigue ahí, intacto, porque aquella tragedia dejó 236 muertos, más de 180 heridos y un país entero sumido en el espanto.

Hoy amaneció lloviendo, y uno no puede evitar pensarlo así. Quizá hasta el cielo quiso acompañar el duelo. Quizá la lluvia de esta mañana se parece demasiado a ese llanto silencioso que todavía corre por tantas casas donde falta una silla, una voz, una risa, una llamada que nunca volvió. Porque el Jet Set no se llevó solo vidas. Se llevó pedazos de familia, proyectos, abrazos pendientes, celebraciones truncadas y futuros que quedaron enterrados bajo los escombros.

Ese fue el día en que el país se vistió de luto. No por protocolo. No por decreto. Se vistió de luto de verdad. En las conversaciones bajó el tono, en los hogares se apretó el pecho, y en las calles se sintió ese vacío raro que dejan las tragedias que nos golpean a todos, aun sin conocer personalmente a cada víctima. Aquella noche cayó un techo, sí, pero también cayó una falsa sensación de normalidad. Y desde entonces, la nación carga una pregunta incómoda. ¿Cómo pasó algo así?

Un año después, el pueblo recuerda entre vigilias, misas, homenajes y reclamos de justicia. Pero esa es precisamente la parte que más duele. Que el recuerdo no puede quedarse solo en flores, velas y canciones tristes. La memoria, si de verdad honra a las víctimas, también tiene que empujar a la verdad. Y la verdad, cuando se trata de tantas vidas, no puede caminar despacio ni esconderse detrás de tecnicismos.

La justicia no devolverá a los que se fueron. No va a reparar del todo a las madres que lloran, a los hijos que preguntan, a los amigos que todavía no entienden. Pero la impunidad sí sería una segunda tragedia. Sería decirle al país que una herida de este tamaño puede cerrarse en falso. Sería permitir que el tiempo se use como anestesia, cuando lo que corresponde es responsabilidad.

Hoy no es un día cualquiera. Hoy no se recuerda solo un derrumbe. Hoy se recuerda el instante exacto en que República Dominicana sintió que algo suyo se desplomaba también. Hoy se honra a las víctimas, se abraza a los sobrevivientes y se acompaña a las familias que siguen viviendo con el peso de la ausencia. Hoy, sobre todo, se levanta una exigencia moral, que el duelo no sea inútil.

Porque un país decente no olvida a sus muertos.
Y un país con dignidad no deja de pedir justicia por ellos.

Por Aneudy Ramirez

Aneudy Ramírez es director de En La Red, periódico digital dominicano enfocado en política, economía y actualidad nacional.

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