Por Willy Perez
Resulta preocupante que una obra vial de tanta importancia como el paso a desnivel de la avenida 27 de Febrero con Isabel Aguiar ya esté generando cuestionamientos por fallas tan delicadas como la falta de iluminación y las dudas sobre la vigilancia en la zona.
No se trata de un detalle menor. Cuando el sistema eléctrico que alimenta las lámparas deja de funcionar en una infraestructura de este nivel, lo que se pone en riesgo no es solo la imagen de la obra, sino la seguridad de cientos de conductores y peatones que transitan por allí, especialmente durante la noche. Un paso a desnivel oscuro no solo transmite abandono, también se convierte en una amenaza.
Pero más grave aún es la incertidumbre que rodea el sistema de vigilancia. Si hubo una sustracción del cableado eléctrico, la pregunta es inevitable: ¿dónde estaban las cámaras?, ¿estaban fuera de servicio?, ¿falló también el centro de monitoreo?, ¿o simplemente no hubo capacidad de respuesta? Cualquiera de esas posibilidades deja mal paradas a las autoridades responsables.
Este caso vuelve a poner sobre la mesa un problema recurrente en el país: se construyen obras importantes, se inauguran con gran despliegue, pero muchas veces se descuida lo esencial, que es su mantenimiento, protección y supervisión permanente. De poco vale levantar infraestructura moderna si no se garantiza su funcionamiento y seguridad desde el primer día.
La ciudadanía merece explicaciones claras, no silencio. Lo ocurrido en el paso a desnivel de la 27 con Isabel Aguiar no puede verse como un hecho aislado ni como una simple avería técnica. Es una señal de alerta sobre fallas de gestión, vigilancia y prevención que deben corregirse de inmediato.
Las autoridades tienen la obligación de investigar qué pasó, restablecer el sistema eléctrico cuanto antes y reforzar la seguridad en toda el área. Porque cuando una obra pública cae en la oscuridad, también queda en evidencia la fragilidad del sistema que debía protegerla.
